Emociones, el lenguaje del cerebro infantil.

Emociones, el lenguaje del cerebro infantil.

Además de la labor docente en la escuela colaboro en un grupo de Facebook en el que el sumatorio de inquietudes y aportaciones de sus miembros intenta una mejora de la infancia y a veces, permitidme la expresión “sobrevivir a la infancia”.

  Hasta hace no tanto, la lactancia, el descanso y la salud eran temas estrella.

  Mientras discurre el primer año de vida de los niños se tiene la impresión, al leer las publicaciones de los padres, que los ojos del adulto educador se posan en necesidades básicas, incluso las de carácter más fisiológico, en atención y cuidados de salud. Y que el origen de esta focalización responde además de asegurar la supervivencia de los chiquitines a que los bebés aún son los soñados, los que cada progenitor pintó en su mente en el momento de engendrarlos y se podría decir en términos generales que la armonía todavía resplandece.

  Al sobrepasar esta edad aparece hilo sí, hilo también, un “individuo” que casi nos resulta extraño, que ya no es el bebé de color rosa que hasta hace nada engordaba con caricias y achuchones. Un “yo” reivindicativo hace acto de presencia, un yo con toda la fuerza de la sinrazón y cargado de mil andanadas de emotividad disparada ¡Madre mía, me lo han cambiado!

  Y no se entiende nada de lo que hace, empuja a la desorientación y hasta consigue, en muchas ocasiones que las madres y padres se cuestionen a si mismos saliendo malparados en la contienda, con corazones latiendo al son de la culpabilidad.

  Todos esos planes, ese proyecto de persona que era nuestro hijo, se desdibuja y las metas se desvanecen en el horizonte.

  ¿Cómo llevarlas a cabo con una figura de un metro que llora hasta desgañitarse cuando no se le satisface como requiere, que patalea y grita para comer, para dormir, para bañarse, que araña y pega dejándonos sometidos al álbur de la mirada crítica del entorno? ¿qué hacer si se ha vuelto a nuestros ojos un trozo de carne indomesticable de color semejante al verde?

  Mucho hemos hablado en el grupo de conductas, interacciones… para conocer y ayudar al niño de edad temprana y poder salir airoso del desconcierto que su comportamiento provoca. No queda otra que saber:

  • Saber que empieza a conocerse como individuo autónomo.
  • Saber que tiene la obligación evolutiva de ganar ese espacio individual que acaba de conocer y ello le pone en contradicción entre la absoluta dependencia del adulto y su incipiente autonomía.
  • Saber que no puede hacer uso más que de un lenguaje rudimentario.
  • Saber que su desarrollo intelectual no le permite razonar.
  • Saber que es emoción en estado puro y que no puede regularla.
  • Que es impulsivo y que lo que quiere tiene que ser “ya”, de satisfacción inmediata.
  • Saber que no nos provoca, no nos reta, no nos afrenta... pero sí debe tocar, explorar, sentir y actuar sobre las cosas y las personas para poner significado a las situaciones, aprender cómo y cuándo puede mediar en los comportamientos de los demás.
  • Saber que necesita afecto y también vigilancia, control y censura para poder llegar a ser ese individuo capaz, tolerante, comprensivo y amable.

  Pues bien, estos días estoy leyendo “El cerebro del niño”. Los autores no nos dan fórmulas mágicas que muten al niño de un día para otro, parten de la idea, creo que muy fundamentada, de que los padres suelen ser expertos en los cuerpos de sus hijos pero a menudo carecen de la información básica sobre el cerebro de su hijo, así, Siegel y Payne en un relato delicioso, lleno de travesuras y conflictos en los que nos vemos retratados desde la primera página, explican unos cuantos conceptos fundamentales para ayudar a conocer la actividad cerebral del niño y las estrategias que trabajadas “durante años” nos ayudarán en la principal de las tareas de padres y educadores, configurar un cerebro pleno.

  Resumiendo, si lo que se pretende es comunicar con el niño tendremos que partir de la base de que no habla nuestro idioma, para conectar debemos aprender cuál es su lenguaje, el emocional y a partir de ahí tenemos mucho tiempo para llegar a la reflexión y a la lógica.

  Dice Siegel:

¡Los momentos en que solo intentas sobrevivir (esas situaciones que solo aspiras a dejar atrás) en realidad son oportunidades para ayudar al niño a progresar, lo puedes hacer!